Anthony Hopkins: La excelencia de la industria cinematográfica

«He tenido una gran carrera. Pero ahora me he vuelto más filosófico y me encuentro en paz conmigo mismo».

Es uno de los grandes íconos del cine, su sola presencia puede elevar la calidad de una cinta. A pesar de haber nacido en Gales y ser nombrado Sir, Hopkins consiguió su doble nacionalidad norteamericana. Además, es un reconocido pintor y también se desenvuelve bien como músico. Es un virtuoso al piano e incluso en los años 80’ publicó un disco con temas compuestos por él mismo. Por si fuera poco, también ejerce de director de orquesta.

Desde muy temprana edad mostraba cierta inclinación hacia las artes. Durante su juventud fue mal estudiante y no tenía ninguna amistad, aunque su inquietud por la pintura o el piano hacía que su imaginación no decreciese. Siempre peleándose con sus compañeros de clase, era bastante retraído, incluso uno de sus apodos fue Hopkins el loco. Aun así, Anthony no dejó de lado una de sus grandes pasiones: el cine. A los 14 años ya empezaba a beber y se emborrachaba con frecuencia para olvidar el maltrato que recibía en el colegio.

En 1949, ingresó a la Jones’ West Monmouth Boys’ School en Pontypool, Gales, donde permaneció durante cinco cursos y después entró al Cowbridge Grammar School. Estuvo influenciado por su compatriota galés Richard Burton a quien conoció cuando tenía 15 años. Fue inscrito en el Royal Welsh College of Music and Drama de en Cardiff, Gales, donde se graduó en 1957.

Después de dos años en el ejército británico, se trasladó a Londres, donde estudió en la Royal Academy of Dramatic Art.

Hizo su primera aparición profesional en el teatro Palace, Swansea, en 1960 con la producción de Swansea Little Theatre de Have a Cigarette.

En 1965, después de varios años en repertorio, fue descubierto por Laurence Olivier, quien lo invitó a unirse a la Royal National Theatre. Hopkins se convirtió en su suplente, y cuando Olivier estuvo con apendicitis, lo reemplazó en la obra, “The Dance of Death”. Se inició después en la televisión y en la gran pantalla.

Durante 1968 el célebre actor Peter O’Toole se fijó en él y le recomendó hacer una prueba para la película “El león en invierno”. Debido a los problemas que atravesaba por aquel entonces, Anthony puso toda la carne en el asador y ofreció una actuación sublime. Dicho papel le abrió las puertas a Hollywood. Pero su tema con el alcohol hizo que esa ocasión soñada tuviese que esperar. En 1972 trabajó en la película “El joven Winston”. Al año siguiente se sentía limitado. Sólo conseguía papeles en el Reino Unido y quería nuevos retos.

Tras una de las borracheras en la que creía ser San Juan Bautista, un asustado Hopkins se puso manos a la obra para dejar la bebida, acudiendo a alcohólicos anónimos dos días antes de cumplir los 38 años. Desde entonces no ha vuelto a probar ni una gota de alcohol y, cuando debe interpretar que lo hace en sus películas, utiliza agua con colorante.

La oportunidad de ganarse una reputación más que respetable en todo el mundo vino de manos de su representante, que en 1989 le informó sobre el guion de “El silencio de los corderos”. Pese a su reticencia inicial, aceptó. Hannibal Lecter es sin duda su papel más recordado por el que ganó el Premio de la Academia al Mejor Actor.

También su desempeño en Henry J. Wilcox «Regreso a Howards End» (1992). Así como en las películas “Nixon” (1995) donde cimentó su trabajo sobre la errática y neurótica psicología del que fuera trigésimo séptimo presidente de los Estados Unidos. Logró que nos olvidáramos del actor y solo viésemos al ex-mandatario, cosechando además la tercera candidatura al Oscar de su carrera en 1996.

El ritmo frenético que tuvo desde entonces hizo que, de vez en cuando, tuviese que parar para evitar problemas serios de salud, pese a ser un reconocido adicto al trabajo.

En «Hitchcock» (2012) hizo suyos los tics, gestos y verborrea de ‘Hitchcock’ en una película que si merece ser recordada es por el espléndido trabajo del actor. Incluso interpretó a Odín, el Allfather o «rey» de Asgard, en la adaptación cinematográfica de 2011 de «Thor» de Marvel Comics.

Es un actor todoterreno cuya versatilidad queda fuera de toda duda, que no hace ascos a ningún género. Es conocido por su preparación para los roles, y quien revisará sus líneas tantas veces como sea necesario (a veces más de 200) hasta que le suenen naturales, para que pueda «hacerlo sin pensar». Esto conduce a un estilo de entrega casi casual que oculta la cantidad de trabajo preliminar realizado de antemano. Algo que también lo ha puesto en conflicto con el director ocasional que se aparta del guion o exige lo que el actor ve como un número excesivo de tomas. Hopkins ha declarado que después de terminar con una escena, simplemente descarta las líneas, sin recordarlas más tarde. Esto es diferente a otros que generalmente recuerdan sus líneas de una película, incluso años después.

Sobre el enfoque para interpretar a villanos, cuando retrata a personas que dan miedo deliberadamente, las interpreta en silencio, haciendo hincapié en su siniestro control, al mismo tiempo que puede ser un experto en convertir su acento galés nativo en lo que sea requerido por un personaje.

No hace falta ser un monstruo, pero tienes que ir a por todas. Aunque para ello te tengas que comer el miedo. Eso nunca se pasa. Lo importante es no dejar que el miedo te pueda. “Hopkins ha regido su vida: para triunfar hay que entrar a matar”.

Todos luchamos en esta gran batalla que es la vida y lo importante es seguir manteniendo la pasión.

Sobrio desde hace más de 40 años ha logrado llevar una carrera hasta la cúspide con prolijidad en su trabajo y alejado de escándalos. Con aciertos y desaciertos en producciones supo labrar una reputación intachable a la hora de desarrollar sus habilidades actorales por lo cual hoy es una de las últimas estrellas icónicas de Hollywood, que regresa a pantallas con “Los dos papas», una nueva película original de Netflix inspirada en hechos reales. Allí vemos dos visiones antagónicas sobre la Iglesia, de cómo dos hombres deben cargar el peso de la institución más antigua del mundo y de qué manera intentan otorgarse un momento de misericordia. Anthony Hopkins encarna al Papa Benedicto XVI, acompañado de Jonathan Pryce quien hace del cardenal Bergoglio, dirigida por Fernando Meirelles, el director brasilero conocido por dirigir «Ciudad de Dios» en 2004.

La cinta retrata un momento clave en la historia de la Iglesia católica, un drama biográfico intimista con dos grandes actores que están al altura del relato, y una vez más un Hopkins demostrando arte en su actuación que por su parte, humaniza en su interpretación al racional y conservador Joseph Aloisius Ratzinger, quien, tras el fallecimiento de Juan Pablo II, lo sucedió en el trono de la Ciudad de Vaticano como el Papa Benedicto XVI hasta su renuncia, en febrero de 2013, asumiendo el título de Papa emérito.

 

Noelia Giacometto

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