Crítica de «Cumbres Borrascosas» de Emerald Fennell (2026)
Hay ciertos relatos que son inmortales y, cada cierto tiempo, vuelven en versiones o representaciones actualizadas para el público del momento. «Cumbres Borrascosas» («Wuthering Heights» en su título original), la novela de Emily Brontë publicada en 1847, se ubica dentro de ese selecto grupo.
Como es sabido, hay una enorme cantidad de películas, films para televisión y series que adaptaron, con mayor o menor rigurosidad, la novela del siglo XIX. Entre las más recordadas podemos mencionar la de la era silente estrenada en 1920, la cual fue la primera en llevar la obra de Brontë a la pantalla grande; la de 1939 dirigida por William Wyler y protagonizada por Merle Oberon, Laurence Olivier y David Niven; «Abismos de pasión» (1954) dirigida por Luis Buñuel; la versión de 1970 protagonizada por Anna Calder-Marshall y Timothy Dalton; y «Emily Brontë’s Wuthering Heights» (1992), protagonizada por Juliette Binoche y Ralph Fiennes.
Antes de la propuesta de Emerald Fennell, hubo una adaptación en 2011 interpretada por Kaya Scodelario y James Howson, y dirigida por Andrea Arnold, que tuvo una recepción más que aceptable pero no ha quedado dentro del séquito de las más recordadas.
Quince años pasaron de esa última reimaginación del clásico de la literatura inglesa que, a diferencia de su sucesora inmediata (y de varias de las mencionadas anteriormente), busca distanciarse sustancialmente del material de origen para brindar algo más propio con el registro y la narrativa de la directora de «Hermosa venganza» (2020) y «Saltburn» (2023). Es decir, podemos esperar cualquier intento ampuloso, vacío y caricaturesco de provocación al espectador, tanto por las decisiones estéticas como por las que se dan en la historia que busca contar. En lo que respecta a lo puramente formal, podemos decir que el film podrá funcionar en mayor o menor medida según la tolerancia del espectador ante dichas decisiones con espíritu transgresor. Lo que sí hay que destacar es que, en este aspecto, aporta algo diferente a lo que veníamos viendo en las adaptaciones de la novela. La excelsa dirección de fotografía de Linus Sandgren (director de fotografía de «Jay Kelly», «Babylon», «Sin tiempo para morir», «La La Land» y «Escándalo americano») le da una dimensión gigantesca a la que aspira como drama romántico de tinte épico. Por otro lado, tanto el diseño de producción como la música compuesta por Anthony Willis, junto a las canciones de Charli XCX, le dan un toque anacrónico y extemporáneo que, al mismo tiempo, termina siendo pop y kitsch; algo que había probado Sofia Coppola en «María Antonieta» (2006) con mejores resultados.
Todo ese envoltorio, que podrá convencer o no al espectador, es lo más osado que tiene el relato y lo que uno se queda contemplando ya que se pierde el interés en todo el resto, principalmente por los problemas que presenta el guion. Para aquellos que no estén familiarizados con esta épica historia victoriana de pasión y amor tortuoso o tóxico, digamos que la historia se centra en Cathy (Margot Robbie en su versión adulta y Charlotte Mellington en la juvenil) y Heathcliff (Jacob Elordi de grande y Owen Cooper, quien viene de dar una gran actuación en la serie «Adolescencia» como su personificación púber): la primera es hija del señor Earnshaw (Martin Clunes) y el segundo es una especie de hijo adoptivo que este trae a vivir con ellos después de encontrarlo vagando por las calles de Londres. Los jóvenes crecen y Heathcliff solo encuentra afecto en Cathy, quien parece ser la única que lo trata bien en el mundo. Ambos desarrollan un vínculo que trasciende lo fraternal, pero ante las dificultades económicas y el anhelo de prosperidad, Cathy decide buscar una vida con Edgar (Shazad Latif), el propietario de la Granja de los Tordos que se encuentra lindante con la casa del título. La relación entre ambos pasará rápidamente del amor al odio y al resentimiento por cosas dichas y por algunos asuntos pendientes.
Las adaptaciones que comprenden el pasaje de lo literario a lo audiovisual no deben ser rígidas, sino que tiene que haber una especie de lectura del director o directora de turno para que determinadas cuestiones, que tienen razón de ser en el plano escrito, pero no en lo cinematográfico, tengan una conversión o modificación que le dé sentido a lo que estamos viendo. Muchas grandes películas pueden no ser sumamente fieles a las obras que las inspiraron; como ejemplo inconfundible y representativo está el caso de «El resplandor» (1980) de Stanley Kubrick, que no agradó demasiado a Stephen King pero que resignificó el material escrito y se expandió hacia un diálogo enriquecedor entre una obra y la otra. En «Cumbres Borrascosas» (2026) tenemos una adaptación libre (quizás demasiado libre) que presenta algunos cambios arbitrarios, los cuales perjudican la tensión dramática, el desarrollo de los personajes e incluso la misma química entre los protagonistas.
Por un lado, y quizás como el cambio menos polémico, tenemos la omisión de Lockwood, el personaje al que Nelly le cuenta la trágica historia de Heathcliff y Catherine Earnshaw. Digamos que ese detalle de «cuento enmarcado» le aporta épica al asunto, pero su ausencia no daña demasiado al conflicto principal. Sin embargo, se destaca el detalle de omitir al hermano de Cathy, quien maltrataba a Heathcliff y aportaba el motor de esa diferenciación de clases que después se encarniza en el conflicto entre la pareja protagónica. Ese contraste social es minimizado y no tiene tanto sustento como en otras adaptaciones, aun siendo la causa por la que Cathy se casa con Edgar. Esto hace que la venganza de clase de Heathcliff carezca de peso y sea llevada más al terreno de la obsesión. Todo resulta más un capricho y un comportamiento infantil de los protagonistas que algo realmente sustancial.
Por otro lado, la versión 2026 se presenta como una reinterpretación del deseo y de lo sexual, priorizando la parte más visceral y violenta a nivel psicológico sobre el romance gótico tradicional; pero a pesar del espíritu transgresor de Fennell, por varias de las cosas mencionadas anteriormente y otras tantas que conviene no adelantar, termina en un terreno ambivalente donde intenta ser posmoderna pero clásica a la vez, impertinente pero segura y bastante contradictoria en sus formas. Ya desde la primera escena (donde un condenado a la horca tiene una erección mientras es colgado) la directora intenta marcar un rumbo, pero no lo mantiene y, con el correr de la película, no solamente va perdiendo audacia sino también su propósito.
«Cumbres Borrascosas» es un melodrama lleno de contradicciones: es excesivo, opulento y emocionalmente vacío, preocupado más por la forma que por su contenido, por lo que prácticamente deconstruye toda la novela de Brontë. Cuenta con una Margot Robbie que (al igual que sus decorados y su fotografía) deslumbra, pero con un Jacob Elordi al que se lo nota algo contenido o perdido en cuanto a tono y que no logra generar una química suficiente con su partenaire.
Es una película que no consigue estar a la altura de su material de origen, donde se trataban las diferencias de clase, la destrucción mutua, el abuso psicológico y la culpa dentro de una sociedad victoriana sumamente pacata. Fennell parece estar cómoda con generar controversia y eso asegura que la película seguramente vaya a ser tanto amada como vapuleada por el público; lo cierto es que resulta algo fallida, con algunos aciertos y un número igual de errores.
Puntaje:
Tráiler:
Martín Goniondzki
