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«Mis Muertos Tristes», sobreviviendo la muerte que nos rodea

Coincidiendo con el anuncio de que «La Virgen de la Tosquera» fue elegida por Argentina para ser considerada por los Oscars, llega una nueva adaptación del trabajo de Mariana Enríquez con un perfil incluso mayor. Al tratarse de una miniserie de Netflix dirigida por el director chileno Pablo Larraín, la masividad en aumento de la aclamada autora argentina va a alcanzar muchos hogares que todavía no fueron expuestos más que a la respuesta que hace tiempo ya viene despertando su obra. La mejor noticia de todas es que la misma Enríquez sirve como co-guionista a la hora de adaptar sus escritos a esta serie de cuatro episodios, formando también parte de la competencia oficial del Festival de cine de San Sebastián en formato de largometraje.

Una doctora (Mercedes Morán) recién jubilada recibe la visita de la familia de su hermana (Alejandra Flechner) semanas después del fallecimiento de su madre. Vienen de visita desde Estados Unidos para internar a su hija (Carolina Álvarez), lo que sus padres y especialistas diagnostican como un trastorno a tratar no es más que un don familiar que comparten sobrina y tía: pueden ver y escuchar a los muertos que se aferran a nuestro mundo por haber sufrido muertes traumáticas. Bajo ese mismo techo va a convivir la hija de la doctora (Dolores Fonzi) quien más allá de no tener el mismo don que su madre sufre de una desconexión importante con ella en casi todo aspecto de su vida.

La etiqueta de «terror» le cabe perfectamente a casi toda la obra literaria de Mariana Enríquez, pero en esta serie casi que se podría decir que sobra. Se trata de un drama familiar entre mujeres que intentan conectar entre ellas aunque su contexto interno y externo lo haga casi imposible. Una gran cantidad de humor negro también dice presente, alejando aún más su tono del horror a pesar de crear una ambientación tan lúgubre como nostálgica. Ese es su mayor sello Enriquezco: la capacidad de reflejar de forma fiel en toda su gama de sensaciones lo que es la vida en nuestro país. Esta obra pinta una belleza trágica comunal que es tan ampliamente latinoamericana como específicamente bonaerense. Refleja con realismo mágico nuestra húmeda pesadez argentina junto al humor y personalidades que son necesarias para sobrevivirla.

Todo esto es mérito de un Larraín que con «Mis Muertos Tristes» concilia su particular estilo con una narrativa a la que deja brillar incluso en lo que le es ajeno. Le permite tanta argentinidad como merece para acompañar el típico protagonismo femenino que lo caracteriza, además de reforzar con la arquitectura de los monoblocs toda la labor de cámara y dirección que suele identificarlo visualmente. Si bien en el segundo y tercer episodio puede sentirse dónde la miniserie de streaming tiene la media hora extra que se quitó para competir como largometraje en festivales de cine, en ningún momento se llega a sentir simplemente complementaria. La calidad de la producción y el disfrute casi alternativo del humor mezclado con su pesadez temática la llevan a ser sin dudas una versión definitiva de lo que en cine podría haber sido una experiencia más justa pero no tan abarcativa. Tema aparte lo lavado de sus colores, polémico pero a la vez totalmente a tono con sus temáticas haciendo su apreciación algo subjetivo para cada espectador.

«Mis Muertos Tristes» es sin duda la mejor adaptación audiovisual del trabajo de Mariana Enríquez hasta la fecha. Supera incluso a un noble esfuerzo verdaderamente de terror como lo fue «La Virgen de la Tosquera» para entregar un relato que combina fortalezas tanto de Larraín como de la autora. Es una serie con el encanto de personajes que dicen lo que se suele pensar y callar, pero lo valioso es que lo hace además alejándose de la usual catarsis escapista mal trabajada que se apodera de proyectos con ese tipo de roles. La serie refleja el problema que siempre aqueja a Sudamérica: lo complejo de compartir la mesa cuando nuestras realidades parecen hacer imposible el comunicarnos por completo a pesar de todo el peso que nos une. Traumas internos, realidades externas y la única salida que es poner la voluntad de hacerse presente.

Tráiler:

  Leandro Porcelli

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