Crítica de «Digger» de Alejandro González Iñárritu (2026)
La crítica internacional parece haber decidido ya que esta película es un desastre que, dependiendo de a quién leas, merece en mayor o menor medida ser visto. Asimismo, el protagonismo de Tom Cruise asegura cierta masividad potencialmente negativa: el público en general seguramente tenga opiniones diversas tendiendo al desconformismo, mientras que aquellos cinéfilos que estén o no en el barco de Iñárritu seguramente vean su opinión algo manchada por la percepción anticipada antes de poner la cola en la butaca. Pero «Digger» es en conjunto una experiencia mucho más interesante de lo que todas esas salvedades puedan anticipar, marcando el regreso del director mexicano a un cine efervescente como no se veía en sus trabajos desde la imperfecta trilogía temática con la que arrancó su carrera.
La película arranca mostrándonos cómo comienza el día uno de los magnates de petróleo más poderoso de los Estados Unidos. Esa fatídica mañana va a pasar de un gato pidiendo la eutanasia hacia potencialmente uno de los desastres naturales más terribles de la historia para acabar en una colorida farsa comentando todos y cada uno de los aspectos de la cultura estadounidense camino a un destino siempre peor de lo que uno puede imaginar. Una comedia que promete risas, disgustos, excesos y forzar a la audiencia a colocarse en ese incómodo lugar en el que debe discernir hasta dónde analizar el subtexto de una obra tan groseramente burda.
El protagonista de Cruise puede recordarnos por momentos a la desastrosa interpretación de Mark Ruffalo en «Mickey 17», pero donde Ruffalo y Bong Joon-ho flaquearon es en apuntar su caricatura tan inequívocamente a Donald Trump. La construcción de Digger es mucho más amplia y ficcionalmente específica, creando un personaje estridente que de todas maneras evoca una exageración que en el circo que es USA podría tranquilamente estar dando vueltas por ahí. A ese juego se suman de forma excelente, o directamente superior, Riz Ahmed como su jefe de seguridad ecológica y John Goodman como quizás uno de los mejores presidentes ficcionales de la gran pantalla. Este juego de tonos y veracidades incongruentes que plantea Iñárritu es complejo de navegar para los actores, saliendo airosos como es el caso de Michael Stuhlbarg y no tanto en el de Sandra Hüller. Pero quien más puede sufrir el malabarismo de la dramaturgia es por supuesto el espectador.
La trama va a dar sus giros y vueltas, manteniéndose siempre inventiva camino a un cierre que pide repasar sus pasos en lugar de intentar un gran final que sorprenda o deslumbre. Una de las contadas ocasiones en las que Alejandro muestra algo que está ausente en su filmografía desde hace al menos 20 años: saber cuando es demasiado. Lo que vemos en esta cinta es un exceso buscando, por momentos exuberante pero en otros contenido, en pos de crear un relato para una audiencia dispuesta a leer entre líneas incluso en medio de un bombardeo. No se trata de un trabajo sumamente complejo pero sí de uno dispuesto a inundarnos en estética y humor para poder brindar la chance de sacar algo de entre esas nimiedades. Si el burdo análisis del capitalismo está al alcance de todos en la superficie, hay una lectura mucho más dura, fatídica y rica en culpabilidad abarcativa para aquellos dispuestos a no desestimarla por completo. Sabe que los Diggers del mundo se sostienen en empleados con buenas intenciones, políticos con desvaríos, masas engatusadas, activistas sin espíritu y por sobre todas las cosas es manía humana de caracterizar el mal como algo conocido en lugar de algo cambiante a lo que estar alerta.
En resumen, «Digger» es un film de excesos que seguramente termine con el espectador exhausto de sus formas pero que con una buena cantidad de risas absurdas y momentos realmente valiosos que piden replantear su narrativa puede terminar en las manos indicadas para ser valorada como la linda locura que es. Mezcla algo de «Dr. Strangelove», «Birdman», «Synecdoche New York» y «Don’t Look Up» en una salsa para pocos que va a terminar irritando demasiados estómagos poco preparados. En una industria que por miedo a perder la batalla con streaming trata de hacer pelis inofensivas de fácil consumo, películas como «Digger» muestran que el camino para revalorizar las salas pueden ser experiencias polarizantes que aprovechan el aislarte dos horas para entregar un viaje cambiante cuyo valor irregular radica en la totalidad de sus facetas.
Puntaje:
Tráiler:
Leandro Porcelli

