Crítica de «El Mensaje» de Iván Fund (2025)
El Mensaje es una película en blanco y negro que retrata momentos sueltos de una niñez bastante particular. Su protagonista vive con sus abuelos en una camioneta ofreciendo servicios como médium de mascotas fallecidas. Vemos como le sacan fotos para publicitar en redes y hacen entrevistas, comen en estaciones de servicio y le regalan a angustiados clientes un poco de confort en forma de conexión con el más allá. El resultado es una suerte de road trip que elige muy puntualmente los breves minutos que va mostrando en pantalla, prácticamente desentendiéndose de conceptos como el tiempo o la trama.
En ningún momento se cuestiona o explica qué tan verídico es este aparente poder sobrenatural, ni siquiera incluso que tan real o mentira es para sus protagonistas. Esa muy interesante decisión por parte del director Iván Fund dota al relato de una simpleza inocente ideal para dejarse teñir por completo por cualquier sensación que pueda despertar en la audiencia. Una audaz falta de control por parte de una película dispuesta a dejarse casi por completo en manos de sus espectadores. Aunque obviamente depende de cada uno como tomarse ese tipo de experiencia, siendo que no es lo usual en esta época en la que se le pide cada vez más guía y pulso firme a las experiencias audiovisuales.
Por otro lado, los encantos que el jurado de Berlín encontró en la película para galardonarla con el Oso de Plata son evidentes. Su propuesta estética y narrativa la separa de forma clara de los demás filmes, con viñetas en blanco y negro evocando recuerdos de una niñez tan imperfecta como particular. Cuando uno ve decenas de largometrajes durante un festival, es natural que propuestas de este estilo acaben siendo más memorables que la mayoría de ellas. La experiencia seguramente tome otro sabor al ser vista por espectadores de menor consumo cinematográfico y en un contexto mucho más corriente de sala, pero por suerte no hay contexto que pueda con una mente abierta. Lo que más la termina destacando es lo palpable que es el cariño nostálgico que denota por parte de sus autores, a pesar de lo reprochable que pueda verse la vida que se le da a su protagonista. Casi que esa es la tesis de la misma, mostrar lo lindos recuerdos que pueden rescatarse en las niñeces menos ortodoxas.
Hablar de una cinta como esta es tan subjetivo que juzgar o puntuarla puede parecer un sinsentido para aquellos que ya la hayan visto, pero es un relato más que recomendable para aquellos que estén cómodos sintiendo y pensando por sí mismos en una sala de cine. Una película con la confianza suficiente para no regirse por lo que «debería» ofrecer, ni lo que podría necesitar la audiencia para verla como a cualquier otra peli. De todas maneras, la experiencia final puede acabar siendo algo superficial sin que su autor esté dispuesto a pisar más profundo en los charcos nostálgicos de esta niñez.
Puntaje:
Tráiler:
Leandro Porcelli

