Crítica de «A una Legua» de Andrea Krujoski (2019)

En una época de revolución tecnológica y un progresivo mayor conocimiento y concientización sobre el medio ambiente, las practicas culturales se van adaptando a las influencias del presente y a lo que se espera del futuro. Prácticas tradicionales que se reformulan para prevalecer en un mundo que es cada vez más digital y sustentable. Que necesitan cambiar sus instrumentos para poder seguir existiendo porque los recursos naturales son cada vez más escasos.

En este contexto, Andrea Kuroski realiza el documental “A una legua” con el que acompaña al folclorista Camilo Carabajal en un doble proceso de reinvención de su práctica. Por un lado, él se pone en contacto con un científico para preservar en el ADN de una bacteria en una canción. Sí, hasta allí han llegado las nuevas tecnologías; fusionando a la música con las investigaciones sobre el ADN.

Mientras tanto, avanza con dos proyectos personales que vinculan al medioambiente con su música. El primero es el del lanzamiento de los “Ecobombos”, que buscan mediante el uso de bidones de agua armar bombos ecológicos que emitan un sonido similar al clásico bombo legüero del folclore. El segundo es la siembra de un campo de Ceibos, árbol con el que se producen los bombos en una parcela de Ingeniero Maschwitz.

Lo interesante del documental es ver cómo se va adentrando en la tradición, la cultura y los personajes del folclore mientras se vincula con el presente, las nuevas tecnologías y el desafío que nos presenta el medio ambiente. Tal vez peca de tomarse un poco de tiempo de más en escenas que aportan solamente una ambientación y no profundizan tanto. Sin embargo, nunca se torna aburrido. Sus 76 minutos están bien, pero podrían haber sido menos y la información no hubiese variado mucho.

Puntaje: 

 

 

Tráiler:

 

Juan Pablo Molina

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