Crítica de «Avatar: Fuego y cenizas» de James Cameron (2025)
Tres años después de la entrega anterior, llega la tercera parte de «Avatar», este universo de ciencia ficción creado por James Cameron.
La carrera de James Cameron es tan impresionante como increíble. El director canadiense dio sus primeros pasos en el cine haciendo maquetas y miniaturas para producciones de Roger Corman, el mítico cineasta que influyó en la formación de varios directores exitosos de la misma generación de Cameron. Tras participar en diferentes roles para películas como «Rock and Roll High School» (1978), «Battle Beyond the Stars» (1980) y «Escape de Nueva York» de John Carpenter, el joven Cameron se disponía a hacer los efectos visuales de la secuela de Piraña, titulada «Piraña II: Los vampiros del mar» (1982), hasta que el director original iba bajarse del proyecto por diferencias creativas. Esto lo llevó a ocupar la silla de director y debutar en la industria. Cameron no sentía que esa película le hacía justicia a su visión como artista, aunque igualmente eso quedaría en el pasado a partir de su próxima película. «Terminator» (1984) fue un éxito arrollador que le permitió obtener un lugar privilegiado entre las jóvenes promesas de ese entonces. Dicha película dio paso a proyectos como «Aliens» (1986), «El Abismo» (1989), «Terminator 2: El día del juicio final» (1991), «Mentiras verdaderas» (1994) y «Titanic» (1997), con quien tuvo la validación de sus colegas al obtener 11 Oscars.
A partir de allí, Cameron tenía prácticamente las puertas abiertas para hacer lo que quiera, y eso desembocó en la saga de Avatar, la cual lo mantuvo ocupado durante los últimos 28 años, trabajando exclusivamente para dicho universo. La primera entrega, «Avatar» (2009) obtuvo 2.923 millones de dólares en taquilla y su secuela 2.343. El éxito de este universo fue increíble, más si tenemos en cuenta que no está basado en ninguna propiedad intelectual preexistente. Asimismo, el avance tecnológico y todo lo que representó la creación de Pandora, así como también los Na’vi que fueron creados por computadora mediante la técnica de captura de movimiento haciendo que actores reales les pongan el cuerpo, los gestos y movimientos a las criaturas, fomentaron cierta innovación en la forma en que se realizan este tipo de películas.
Todo esto hace que las películas de Avatar sean realmente eventos cinematográficos (más allá de que a uno le puedan gustar o no) que promueven que el público vaya a las salas a ver estas películas. Habiendo dicho todo eso, ¿Qué podemos decir de este nuevo capítulo en la saga?
Si bien sigue siendo una película entretenida, con secuencias impactantes, un despliegue visual inusitado y la visión de un director que sabe cómo entregar películas de este calibre, «Avatar: Fuego y cenizas» comienza a sentirse algo derivativa y repetitiva. En esta oportunidad, la historia retoma inmediatamente después de los eventos del film anterior, donde Jake Sully (Sam Worthington), Neytiri (Zoe Saldaña) y sus hijos se encuentran todavía atravesando el duelo de la muerte del primogénito del clan. Sumado a eso tenemos que siguen sin sentirse del todo a gusto con el Clan Metkayina (la tribu del agua que se pudo ver en «Avatar 2»). Sus dos hijos Lo’ak y Tuk, su hija adoptiva Kiri (Sigourney Weaver) y su hermanastro humano Spider (Jack Champion) siguen afectados por los eventos pasados, pero también deben lidiar con algunas nuevas amenazas. Los Sully deberán buscar nuevos rumbos para proteger a Spider que lo está buscando Quaritch (Stephen Lang) y porque también hay problemas con el sistema que alimenta su máscara de oxígeno (recordemos que los humanos no pueden respirar el aire de Pandora). En el medio se encontrarán con la tribu Mangkwan, una tribu violenta que se caracteriza por manipular el fuego. Los mismos están liderados por la despiadada Varang (Oona Chaplin), quien no duda en combatir e incluso buscar la alianza de Quaritch para alcanzar sus propios objetivos.
Este tercer largometraje sigue en la línea del mensaje ecológico de las anteriores, la conexión con la tierra que tienen los Na’vi, toda la cuestión religiosa o espiritual medio new age que vimos anteriormente y la disputa entre nativos y colonizadores que vienen a erigir esa metáfora no tan sutil de los pueblos originarios y cómo fueron desplazados por el hombre blanco. Y si podemos decir, que Cameron logra darle una mejor dimensión y profundidad de lo que vimos previamente, con la introducción del clan nuevo que buscaba una posición más confrontativa incluso con sus propios coterráneos, ciertos humanos «buenos» y algunos espacios medio grises que se agradecen. Obviamente que no sorprende que estas cosas se vayan puliendo ya que tiene tiempo de sobra para construir cada capítulo (en esta oportunidad 3 hs 15 miutos), lo mismo con el desarrollo de los personajes, en esta ocasión se profundizó más en Spider y en Kiri por ejemplo.
La película tiene un planteo muy elemental pero que funciona para montar esta especie de western de ciencia ficción con clanes enfrentados, toma de rehenes, enfrentamientos varios y mucho más. Si bien el relato arranca repitiendo la fórmula de la película anterior con un primer acto algo anodino, un desarrollo extenso, todo va desembocando en lo que mejor sabe hacer Cameron, secuencias grandilocuentes de acción que te dejan sin aliento y que deslumbran desde lo visual y lo narrativo. La última hora (donde se repiten algunas similitudes en las batallas finales de la última entrega y esta) es impresionante y es allí donde podemos ver a la mejor versión de Cameron, la que apunta al divertimento puro y al cine en general, dejando de lado la solemnidad de las temáticas tratadas.
«Avatar: Fuego y cenizas» es un film entretenido que sigue ofreciendo más de lo mismo (tanto para bien como para mal). Una película que sigue sorprendiendo por su pirotecnia tanto visual como sonora, pero que ya empieza a mostrar síntomas de fatiga y autocanibalismo. Un largometraje evento que sigue demostrando la potencia narrativa de su director, pero que también nos da ganas de verlo adentrarse en otros universos además de Pandora. Después de todo, su estadía allí ya lleva casi tres décadas.
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Martín Goniondzki
