«Dahmer»: todo el mundo tiene sus pensamientos secretos

Una persona aparentemente normal pero debajo de todo eso tenía un mundo que ocultaba a los demás…

Jeffrey Dahmer fue un solitario e inseguro niño que se tornó más vulnerable e introvertido. Padres emocionalmente ausentes, sobre todo la parte materna que era una presencia indispensable para Dahmer, junto a recurrentes discusiones en su hogar, serían componentes que marcarían un mal desarrollo en Jeffrey. A los catorce años ya tenía fantasías sexuales con cadáveres y asesinatos. En esta etapa un miedo empezó a crecer dentro de su personalidad, miedo que fue aumentando por la falta de autoconfianza, estrechando firmemente su relación con el alcohol. La incapacidad de mantener amistades lo hizo más solitario, no tenía aspiraciones en la vida, su autoestima era muy baja, y la gran carencia afectiva a largo plazo acentuó su continuo temor al abandono, llevándolo a desencadenar episodios sin retorno.

En la plataforma Netflix podemos encontrar a «Dahmer. Monster: The Jeffrey Dahmer Story», una serie absorbente con diez episodios en los que pretende desentrañar la figura de Jeffrey Lionel Dahmer, quien abusó, asesinó, descuartizó y hasta consumió los restos de distintas personas, entre junio de 1978 y julio de 1991. Ideada por Ian Brennan y Ryan Murphy, la mente detrás de «American Horror Story», la misma plantea si hay determinismo o no en este tipo de personas; si el asesino nace o se hace, y, en esta oportunidad, se apunta más al segundo caso (la madre tomaba veintiséis pastillas al día durante el embarazo, tuvo una operación con anestesia con cuatro años y su comportamiento cambió desde entonces).

¿Qué pasa cuando no se toma como indispensable el bienestar de la salud mental? Sus consecuencias a largo plazo pueden acarrear, generar y crear gente mucho más que rotas, algo desbastador. Es importante tener buenas bases emocionales porque las mismas forjan a una persona, permitiéndole hacer frente a los momentos de estrés de la vida, desarrollar todas sus habilidades, poder aprender, trabajar adecuadamente y contribuir a la mejora de su comunidad. Cuando esto no sucede, afecta de manera permanente, contribuyendo significativamente de la manera más cruel para un ser humano.

La serie nos ofrece una trama donde vemos las consecuencias de no recibir la atención emocional que se requería, con arrepentimientos, culpas, dolor y sueños rotos. Está perfectamente escrita, dirigida y actuada. Ofrece un enfoque, no desde el punto de vista de Dahmer, sino más bien desde un observador que narra las repercusiones que hubo luego de los fallos del sistema y como sociedad. Contada de manera absolutamente auténtica e incisiva, sin la necesidad de caer en el morbo sobre los hechos sucedidos, del padecimiento de las víctimas, así como el de sus familias. Se muestran los factores que llevaron a Dahmer en convertiste en quién fue.

Tras su detención le atribuyeron parafilia, necrofilia, parcialismo, alcoholismo, trastorno límite de la personalidad, un trastorno esquizotípico de la personalidad y un trastorno psicótico. En 1993, Jeffrey Dahmer concedió una entrevista a Inside Edition, en donde reveló las verdaderas razones que tuvo para cometer los crímenes que lo hicieron un nefasto mito.

«Tenía estos deseos obsesivos y pensamientos de querer controlar. No sé cómo decirlo. Poseerlos permanentemente», inició el homicida. «No porque estuviera enojado con ellos. No porque los odiara, sino porque quería tenerlos (a sus víctimas) conmigo», expresó.

La relación del protagonista con su familia es un elemento fundamental, Evan Peters (Dahmer) hace un trabajo impecable, la manera como se sumergió y comprometió en un personaje donde se enfatiza el vacío emocional profundamente marcado. El sufrimiento y el conflicto interno, donde los pensamientos y sentimientos se sienten forzados y extraños, está perfectamente delineado. El actor consigue, aun así, dotarlo de multitud de capas y hacerlo francamente espeluznante. La quietud en los diálogos, sus ojos vacíos y distantes, la sociopatía, los arrebatos de violencia…

Además, posee una dirección estupenda con un ritmo lento, que se disfruta. La estética, la iluminación y el sonido están acompañados de una excelente banda musical; todos los elementos están muy cuidados. Su terrorífica ambientación e incomodidad logra que se vuelva adictiva. Tiene una extrema mezcla de sensaciones, pensamientos y emociones que invita fervientemente a la reflexión. También mantiene una tensión que va aumentando con el correr de la historia, generando una atmósfera completamente opresiva. Casi se huele el hedor del piso de Dahmer, quien no podía tolerar el rechazo o el abandono.

Por otro lado, se muestra el reflejo de la sociedad entre los años setenta y noventa. Esto está llevado de manera detallista, y no solo la serie nos sitúa a nivel visual en esta época, sino que sabe tratar temas complejos que empezaban a calar hondo en la sociedad estadounidense, como el racismo o la homosexualidad.

Se nos plantea continuamente la pregunta de qué es lo que convierte a una persona en un monstruo y se exploran las posibilidades: consumo de drogas durante el embarazo, entorno familiar desestructurado, carencia afectiva, consumo excesivo de alcohol… puede que la suma de todo ello, o puede que sea algo innato. La mente es algo muy complejo y no todas actúan igual ante las mismas vivencias y creo que está bien tratar de entender por qué alguien hace algo como lo que hizo Dahmer.

La serie cumple con creces con lo esperado. En términos de actuación Evan Peters y Richard Jenkins (padre de Dhamer) están magníficos. A nivel de realización es precisa, tiene un guion sólido y una fotografía ajustada a las necesidades. Con una ambientación claustrofóbica y un diseño de producción adecuado retrata las diferentes épocas en las que vive el protagonista, logrando una sensación de repugnancia y degradación moral tan intensa como la que lograba Fatih Akin en «El Monstruo de St. Pauli». Una serie que no es para todos, pero que vale la pena ver.

 Tráiler:

 

Noelia Giacometto

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