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«Pluribus», el anti-héroe contra el final feliz

Las expectativas por la nueva serie de Vince Gilligan eran bastante grandes. No solo confirmó el super éxito de «Breaking Bad» con la precuela a fuego lento «Better Call Saul», sino que anunció un abrupto salto hacia la ciencia ficción nuevamente protagonizada por la figura secundaria más popular de su anterior proyecto. Habiendo aprovechado al máximo las estelares actuaciones primero de Cranston y luego de Odenkirk para anclar sus series, esta vez la responsabilidad absoluta (en el más extremo de los sentidos) recae en Rhea Seehorn, interpretando una cascarrabias que pasando por su peor momento tendrá que salvar a todo el planeta de lo que todo el resto del mundo considera un final feliz.

«Pluribus» sigue a Carol Sturka, una escritora de best sellers de fantasía que ni siquiera puede disfrutar de su éxito por considerarlo prácticamente degradante. El único faro en su vida que le permite navegarla con algo de templanza es su esposa y agente, que la alienta tanto a escribir esa novela sería en la que ya lleva demasiado tiempo trabajando como a dejar el alcohol de lado. Todo eso va a cambiar la noche en la que ocurre el gran evento que revoluciona al planeta entero: un mensaje del espacio termina provocando que el 99.99% de los humanos sean transformados en un colectivo de organismos compartiendo una mente en común. Carol, por supuesto, es una de las afortunadas excepciones.

Esta es una producción bañada en influencias del género, especialmente literarias y de ideas mucho menos visuales que las usualmente adaptadas por una ciencia ficción malinterpretada como exclusivamente pochoclo para masas. No es que le falte presupuesto ni mucho menos, es más si tuviésemos que sugerir algo es que goza de demasiado para su propio bien, pero incluso con todo el despliegue en pantalla es inevitable quedarse mucho más con el juego dialéctico desarrollado tanto en sus diálogos como sus silencios. Un más que interesante escenario que aprovecha para explorar temáticas sociales que permiten que los espectadores de distintos polos políticos perciban sagaces críticas al «otro bando» por igual, o incluso empiecen a notar cómo la interacción de Carol con esta colectividad humana global acaba sintiéndose como aquellos frustrantes intentos por comunicarse con bots o IAs.

La más que intrigante premisa es la principal arma con la que este relato de ciencia ficción se propone capturar a la audiencia, aunque siendo sinceros la gran mayoría le ha dado play a esta producción de Apple TV por una simple razón: Vince Gilligan. El tono particular de su creador, guionista y director puede sentirse durante casi todos los episodios.  Sus series anteriores gozaban de una mezcla intoxicante de minimalismo visual y maximalismo dramático que dicen presente de gran manera, gracias a un tono de sci-fi contemporáneo que mezcla muy poco diálogo con una excepcional exploración de su protagonista y por supuesto bastante humor casi negro condimentando el intenso drama. Esta es una premisa particular ejecutada de forma improbable en escala que solamente podía ser posible gracias al presupuesto inverosímil que otorga Apple a sus producciones y la confianza infinita de un Gilligan que parece tener debajo bastantes huevos de oro aún. El progreso narrativo lleva el ritmo justo durante casi todos sus nueve capítulos gracias a su maestría de guion, pero también se guarda demasiadas cartas sabiendo que esta temporada no es más que las primeras manos a jugar. Tanto para la protagonista como para la audiencia está claro que no todo es color de rosa.

Al igual que Carol parece ser la única humana dispuesta a arruinar un mundo en donde todos son felices y el sufrimiento ha terminado, hay cuestiones mínimas que logran empañar parcialmente esta experiencia. Está obviamente el pequeño tema de la representación paraguaya que tanto se ha discutido en redes, aunque es natural esperar que incluso los estadounidenses más brillantes sean víctimas de su limitado sistema educativo y abismal cultura general en lo que respecta a otros países. Pero mucho más importante que eso es que con demasiada facilidad, el poderío creativo junto al despliegue de producción terminan volviendo varias secuencias por capítulo en simples montajes mostrando hechos sorprendentes. En demasiadas ocasiones, lo que vemos en pantalla se contenta simplemente con preguntarnos: «¿No es increíble todo el despliegue de logística realizado no solo por el colectivo global para asistir a Carol sino también por el equipo de producción de esta serie?». No hay dudas de que sí, pero también sirve como el raro ejemplo en que Gilligan parece haberse engolosinado demasiado con la omnipotencia que le viene otorgando la industria. Entre eso y su todavía activa adicción absoluta por los cliffhangers como la única herramienta para conectar un episodio al siguiente, esta es una serie que puede incluso costarle más a fanáticos de su narrativa ya veteranos de sus vicios que a espectadores menos familiarizados con su nombre.

No sorprende a nadie que Seehorn sea brillante en su papel, ni que otra serie de Gilligan lleve al antihéroe a nuevas e interesantes alturas; pero sí es un placer ver cómo la duración de toda franquicia en cines se pone a disposición de un desarrollo particular de personaje tan exitoso, abarcativo y aún así abierto a explayarse en próximas temporadas a lugares todavía inconcebibles hasta ser vistos. Puede haber giros y lagunas hacia el final que se sientan artificiales, pero, a grandes y medianos rasgos, el viaje de Carol es tan transformativo como elemental. Su felicidad ya era costosa escribiendo best-sellers junto al amor de su vida, y ahora que el planeta entero le impone un final feliz es cuando peor la va a pasar. Un personaje errático, egoísta y que parece hacer todo lo posible por complicarse la vida, pero que de todas formas es la única esperanza de la humanidad para recuperar las imperfecciones que nos dan vida.

«Pluribus» es una refrescante serie que sirve para revolucionar la ciencia ficción televisiva en estos años en los que solo ofrecen gigantescas ideas de enormes universos y presupuestos. Minimalista y melodramática en el punto justo, aprovecha todos los riesgos que le son permitidos a una ya eminencia de la caja chica como es Vince Gilligan; aunque las audiencias que lo acompañan en cada uno de sus proyectos puede llegar a sentir algo de cansancio por algunos recursos narrativos que disfruta demasiado repetir. Dicho eso, para qué engañarnos: ninguna de sus flaquezas alcanza para ahogar sus fortalezas o evitar que esperemos ansiosos una segunda temporada (Vince ya habló de tener pensadas cuatro) dispuestos a acompañar nuevamente uno de esos protagonistas tan complejos como acomplejados a los que su creador nos tiene gratamente acostumbrados.

Tráiler:   Leandro Porcelli

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