CINE

«Frozen», el fin del amor romántico y la sororidad

A esta altura, es prácticamente imposible pensar en el cine de animación que conocemos hoy sin la influencia de las historias de princesas y sin la mano de Walt Disney Animation Studios detrás de ellas. De hecho, el primer largometraje animado de este estudio fue estrenado en 1937, y contaba la historia de una joven hermosa que cae en un sueño eterno luego de morder una manzana envenenada por una bruja malvada. Pero, como es una película infantil y Disney desde sus orígenes se empeña en hacernos creer en los finales felices, este hechizo podía ser revertido con un único antídoto: el beso del amor verdadero. Y como no podía ser de otra manera, el amor verdadero de Blancanieves resultó ser romántico, heterosexual y estaba encarnado en un joven príncipe.

Con estas narrativas se criaron generaciones enteras, y es difícil pensar en que los valores y las representaciones que se predican en ellas no se traducen, en mayor o menor medida, sobre las formas de entender el mundo que interiorizamos y hacemos propias. Pero, también es importante tener en cuenta que las películas están siempre empapadas en su contexto sociocultural: se enmarcan en él y responden a sus lógicas, y el cine de animación no es la excepción.

Hasta hace poco más de una década —con algunas salvedades como lo son «Mulán» (1998) o «La Princesa y el Sapo» (2009)—, las historias de princesas seguían una línea bastante similar: retrataban a mujeres dóciles, extremadamente «femeninas» y serviciales, envidiadas por su belleza, amables con los animales y con el mundo. Estaban a la espera de un hombre que las completara y estaban dispuestas a darlo todo por ellos: renunciaban a su voz y a su cola de sirena, pedían deseos a hadas madrinas e incluso despertaban de sueños de cien años cuando un príncipe aparecía para besarlas. Por supuesto, podía existir cierta actitud crítica desde algunos sectores respecto a estas representaciones, pero no era una resistencia lo suficientemente generalizada como para ponerle un alto a esta continua reproducción de mandatos retrógrados y misóginos.

Pero en el 2013 apareció «Frozen: una aventura congelada», codirigida y escrita por una mujer (Jennifer Lee), revolucionando la taquilla de ese año y convirtiéndose en la película con mayor recaudación dentro de los clásicos de Disney hasta el momento. Al ritmo de «Let It Go», la canción que enamoró a grandes y chicos, propuso que era tiempo de soltar y dejar ir un montón de concepciones que no se condecían con el clima de época para comenzar a repensar acerca de cómo queremos que sean contadas las historias para niños. Era hora de empezar desde cero y romper con la fórmula Disney, y abrir de una vez el abanico de posibilidades para las historias infantiles con mujeres como protagonistas.

Por primera vez en una película de princesas de Disney, el eje no estaba puesto en lo romántico. Además de tener motivaciones propias e intereses personales, Elsa no tenía un clásico interés amoroso, y en la cinta se hacía tan poco alusión a este aspecto del personaje que dio lugar a la especulación respecto a su sexualidad. En algún punto, con los ojos del 2013, «Frozen» fue lo suficientemente disruptiva como para instalar el debate acerca de la heteronormatividad reinante en Disney desde sus orígenes. Por primera vez, podíamos imaginar una princesa por fuera de esos límites, y daba esperanzas de nuevos aires. Y, hasta el día de hoy, esta puerta todavía está abierta porque Disney no confirmó ni desmintió ninguna de estas teorías.

Pero hay una cuestión sobre la que sí tenemos certezas: «Frozen» es, ante todo, una película sobre sororidad y hermandad. No se puede pensar en esta película fuera de los términos de la relación entre Elsa y Anna, dos hermanas con un vínculo complejo y profundamente humano, pero cuyo amor es lo suficientemente fuerte como para vencer la muerte. El abrazo, el beso, la salvación ya no está en manos de un hombre; está en el abrazo de una hermana, que responde directamente al cambio de paradigma y a una consigna indudable y fundamentalmente feminista.

Micaela Gallo

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