Crítica de “Malos muchachos” de Barry Levinson (2008)

A un productor de Hollywood exitoso como Ben (Robert De Niro) nada puede salirle mal. Bueno sí, ponerse al hombro una película cuyo final políticamente incorrecto no gustó en la audiencia de prueba: Los “malos” acribillan al protagonista, interpretado por Sean Penn que hace de sí mismo, y asesinan, de la misma manera, con sangre y sesos que salpican la lente de la cámara, a su perro. La directora del estudio (Katherine Keener) le pide a él que haga recapacitar a Jeremy Brunell (Michael Wincott), el director de la película, para que cambie ese final. Pero eso no es todo, tiene que convencer a Bruce Willis, que también hace de sí mismo, de quitarse la barba. Ese look no cuadra con el personaje que tiene que interpretar en el nuevo largometraje que protagoniza. Si Ben no resuelve estos problemas su intachable carrera puede terminar en un tacho de basura.

A pesar de ser un hombre aquejado por la edad, Ben como un caballo con anteojera, mira y sigue siempre para adelante. Su trabajo, su carrera como productor, está primero, el resto viene después. Siempre descuidó su vida personal. Va a terapia con su segunda ex esposa (Robin Wright) para aprender a vivir separados, aunque él quiera volver a estar con ella. Al final de cuentas, Ben vive solo para obtener reconocimiento y forjar una excelente reputación en la tan despiadada industria hollywoodense.

Como Levinson nunca le pierde el rastro del protagonista nos permite conocer, por dentro, la frivolidad del medio y su interés pecuniario por sobre el artístico. Aun así, no sentimos empatía por Ben, su pedantería, engendro del sitio en el que se mueve, impermeabiliza hasta al más sensible. Esto hace que “Malos muchachos” sea una película fría y por consiguiente cansina.

El humor que ostenta, con De Niro como estandarte, busca dejar en ridículo al “detrás de escena” del mundo del cine y su corrección política: las charlas de Ben con Brunell o con el agente de Bruce Willis, lo que sucede en el Festival de Cannes, la muerte del perro que mencioné arriba. Sin embargo, los chistes son tan forzados y de manual que su efecto es un pelotazo en contra, se convierten en lo que quiere criticar.

Otro punto que no juega a su favor es el de sus personajes acartonados. Como se le pone el foco al desarrollo del protagonista durante toda la película, no hay tiempo para hacerlo con el resto de los personajes. Pareciera que todo es un gran flipper: Ben es la pelota y los otros son los obstáculos en los que él rebota por mandato del jugador-guión. Nada se percibe natural, todo se nos presenta maquinal y carente de emociones.

Levinson pretende que “Malos muchachos” sea una ácida crítica hacia la industria cinematográfica, pero sus formas son tan repelentes que hacen de su visionado una experiencia anodina.

Puntaje: 

 

 

Tráiler:

 

Pablo Flaherty

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