Crítica de “The Shining” de Stanley Kubrick (1980)

Stephen King debe ser uno de los hombres más adaptados de la historia cinematográfica y a pesar de que esta película fue la que menos le gustó a él, se convirtió con el tiempo en un film de culto. “The Shining” significó un antes y un después dentro del género del terror.

“The Shining” cuenta la historia de Jack Torrance (Jack Nicholson), un hombre que llega al Hotel Overlook con el objetivo de conseguir el empleo de mantenimiento del sitio de noviembre a mayo. Junto con su mujer y su hijo Danny se mudan a este excéntrico, gigante y desolado lugar en la montaña, bajo la advertencia de un terrible episodio que ocurrió en el pasado, donde el conserje, bajo los efectos del aislamiento, asesinó a su esposa e hijas. Pero además, la familia trae consigo una carga emocional: Jack dejó atrás el alcohol y Danny tiene un don extrasensorial donde capta eventos ya sucedidos y prevé situaciones del futuro.

Antes de analizar esta cinta, hay que posicionarse en los años ‘80. Como siempre que hablamos de films clásicos, es probable que hoy por hoy las historias no tengan el mismo impacto que el que tuvieron en su momento por la trama, la tecnología y la innovación. Seguramente el clima compuesto en “The Shining” se sentía mucho más perturbador de lo que se puede visualizar en la actualidad. Nos encontramos con una locación espeluznante, con un gran espacio vacío, una banda sonora que acompaña a la tensión y a la locura y unos personajes psicológicamente comprometidos.

En primer lugar, hay que destacar la labor de Jack Nicholson, un actor que compone a un protagonista tranquilo y preocupado por su trabajo (tanto el mantenimiento del hotel como su tarea como escritor) y que poco a poco, por las condiciones de vida, la soledad, el aislamiento, las situaciones extrañas que se dan en el establecimiento, comienza a modificar su personalidad, transformando su psicología al cien por ciento. No sólo cambia a nivel emocional sino también físico, podemos observar una deformación en su rostro. Sin dudas uno de los mejores papeles de la carrera de Nicholson. Danny Lloyd acompaña muy bien en su rol de hijo, interpretando a un niño perturbado con un don complejo de llevar. Un gran poder dramático para alguien tan chico. Por su parte, a Shelley Duvall se la nota sobreactuada en varias oportunidades, tal vez haciendo alusión un poco al género que la compete, pero quedando fuera de lugar dentro del buen relato.

El argumento es muy sencillo en su apariencia, pero aquella locación es la culpable de transformar a los personajes psicológicamente para que sucedan distintos hechos que hagan que la narración avance. Pero su nivel de intensidad no culmina con su final, sino que allí se nos propone un evento que dejará pensando al espectador y lo llevará a generar un debate. Es de esas conclusiones abiertas, que fomentan la libre interpretación del público, aunque posteriormente Kubrick haya salido a aclarar sus intenciones.

En cuanto al aspecto técnico, además de la ambientación y la banda sonora que como ya dijimos generan el clima propicio para el film, nos encontramos con una gran innovación para ese entonces: la steadycam, una nueva forma de filmar ciertos planos en movimiento para darle un mayor dinamismo y realidad a las tomas. Gracias a esto, los planos de Danny andando en triciclo por el hotel tienen una gran efectividad y profesionalismo, lo mismo que las escenas en el laberinto. La cámara se utiliza en pos a la historia para que sea mucho más intensa.

En síntesis, tal vez uno ahora visualice “The Shining” y no sienta un miedo apabullante, pero sí es una película que marcó un antes y un después en el cine por esas escenas icónicas que muchas otras cintas homenajearon, por la gran transformación psicológica y física que se hace de los personajes, por el clima sombrío que propone y por la calidad actoral que ofrece Nicholson.

Puntaje:

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Samantha Schuster

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